Madres...
Gracias a ellas vivimos. Están presentes en nuestras vidas desde el primer milisegundo de existencia, se desviven por nosotros y tratan de darnos los valores y las guías que nos lleven por el buen camino.
Una madre es paciencia y amor (aunque muchas veces las hagamos rabiar hasta el punto de que las sacamos de sus casillas), hacen lo que sea por sacarnos adelante, sin descanso buscan nuestro mayor bienestar y que nuestros sueños se cumplan.
Yo he tenido la suerte de tener a una de las mejores personas como madre.
Te has encargado de que no me falte de nada, he tenido todo lo que he necesitado y más. Siempre me has ayudado en todo lo que has podido: mis rabietas porque no me salía bien alguna tarea o no llegaba a aprenderme lo que exigían en el colegio las llevaste con paciencia y calma. "Te tranquilizas y luego vienes y me lo dices todo". Y, así, poco a poco iban saliendo. No sé ni cuántas horas te habrás pasado ayudándome a preparar un examen, con aquellos resúmenes con la letra diminuta que siempre me preguntabas (y, con mala leche, al azar para ver que "me lo sabía bien"), los ánimos que me diste en cada examen de PAU y los que me das cada vez que tengo una prueba.
Siempre me preguntas qué tal me ha ido el día. Te gusta que hablemos, me preguntas todo mil veces (que, aunque te demos la chapa con que estás en tu mundo, se agradece saber que te interesas por nosotros, pero no te lo tomes como una carta de libertad ahora, ¿eh? Jaja), te deslomas en tu trabajo para que consiga alcanzar mis sueños y que tenga un buen futuro... ¿Qué más se le puede pedir a una madre cuando te lo da todo?
Gracias por todo el cariño que me has dado a lo largo de mi vida, por tenerme siempre en tus pensamientos y por saberme llevar con el carácter tan difícil de soportar que tengo.
Gracias por todo mamá. ¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!
3 de mayo de 2015
29 de abril de 2015
Personita especial
Todos y cada uno de nosotros tenemos una persona especial en nuestra vida.
A veces se hace de rogar para llegar, y su venida parece no hacer acto de presencia. Otras veces está ante tus ojos y ni siquiera lo notas. De una manera u otra, todos tenemos una persona especial.
A mí me ha tocado vivir el primer caso. No es un contra, para nada. Lo que tarda en llegar tiene ese regusto a triunfo, esa sensación de "por fin", que te eleva a las nubes y te hace vivir en una felicidad que, si no es eterna, roza la eternidad.
Y una vez llega... Miras el camino recorrido, y te das cuenta de que ya no hay zarzas en el punto en el que te encuentras. De repente, sin más, hay todo un camino lleno de rosas que te acoge con su perfume y te invita a disfrutar de cada paso que des en adelante.
He tenido la suerte de que mi personita especial, a pesar de demorarse (a veces creo que a posta, para que la valore más), ha convertido mi vida en algo maravilloso.
Siempre me da su apoyo, demuestra entusiasmo en cada una de las cosas que le comento, me da absolutamente todo. Y yo, egoísta y mimado, siempre le exijo más y más... Y ella siempre da más y más, sin pedir nada a cambio. Simplemente da.
Me encanta su sonrisa. Cuando sonríe se para el mundo, así de claro. Y cuando me mira con esos ojitos... A veces con enfado cuando la hago rabiar, a veces con una ternura infinita... Ambos (por fortuna), para mí, al completo.
No tengo más para darte que todo esto que siento por ti, y nunca podré agradecerte que cada día pueda contar contigo, para lo que sea... Gracias por escogerme a mí de entre tantos seres humanos que hay en este mundo para seguir la ruta que marcan nuestros pasos.
Te quiero.
26 de abril de 2015
Vete (PdA, parte XII)
El
movimiento fue rápido. Se colocó de espaldas al tipo y abrazó a la joven para
cubrirla. El lobo disparó.
Sonó
un ruido metálico y, a continuación, aire que se escapaba de su recipiente. Se
giró sin perder un segundo y en esta ocasión disparó él su escopeta, directo a
la cabeza, que reventó en mil asquerosos y rojizos pedazos.
Corrieron
como nunca antes lo habían hecho, él la seguía. Miró su regulador. Se estaba
quedando sin aire. Esperaba que no quedara muy lejos el búnker de la muchacha.
Oyó
carcajadas a su espalda. Muchas carcajadas y de distintos tonos y en distintas
posiciones. Les seguían.
No
perdía la vista de la espalda de la muchacha, a escasos centímetros por delante
de él, mientras oía cómo proyectiles pasaban al lado de ellos. Por una vez,
agradeció la poca visibilidad de la calima.
Le
dolía la espalda, pero no paraba, deseando que la muchacha le dijera que su
destino estaba próximo… Era cuestión de tiempo que una bala, por mera fortuna,
diera en su objetivo.
Intentó
respirar, en vano. Botella de aire agotada. “Por favor, que esté cerca…”.
De
repente, cayó al suelo. La chica oyó la caída y se detuvo para ir a su lado.
Intentó
incorporarse. No podía. De repente, notó algo caliente resbalando por su
estómago…
Rio.
Todo
tenía sentido ahora. Era en este momento cuando entendía por qué la viga no
había soportado su peso, por qué no había muerto en aquella casucha cuando
quiso reunirse con su otra mitad en otra vida, otro mundo, mejor que aquél que
quería abandonar y, al fin, su deseo se cumplía. “Sí, cielo, ya voy, estoy de
camino”.
-¡Vete!-le
dijo a la chica, que se detuvo en seco.
19 de abril de 2015
Satisfacción personal (PdA, parte XI)
Los
pasos del intruso se oyeron subiendo los escalones. El sigilo no era su fuerte.
Preparó el machete…
La
muñeca del tipo asomó por el marco de la puerta, empuñando una pistola.
Descargó con fuerza contra el brazo el filo que blandía y, antes de que pudiera
vociferar por el miembro amputado, saltó al pasillo y le rebanó la garganta. Cayó
por su propio peso.
-No
hay tiempo que perder-le dijo a la joven-. Vayamos a tu refugio. No tardarán
mucho en darse cuenta de que éste no vuelve, así que démonos prisa.
Se
colocó su equipo de buceo a la espalda, su respirador y sus gafas. Fueron al
jardín en la parte de atrás para recoger su kit de emergencia y emprendieron la
marcha.
Saltaron
la valla que separaba el jardín en el que se encontraban y el colindante,
repitiendo la operación jardín a jardín, evitando lo máximo que pudieran la
calle principal.
Oían
a los de la manada registrando casas a medida que las pasaban, extremando las
precauciones para que no les detectaran.
Al
saltar al jardín siguiente no tuvieron tanta suerte.
Se
encontraron de bruces con él, les apuntaba con un rifle de caza y sus ojos
delataban lo que su mascarilla ocultaba: una satisfacción personal sin límites.
15 de abril de 2015
El Túnel (La Vida de la Muerte, parte II)
El cuarto de baño comenzó a ser devorado por una densa bruma negra
que se propagaba desde el suelo y escalaba viscosamente hacia el techo,
enfriándolo todo a medida que avanzaba. Sentí pavor. No transmitía buen rollo
para nada.
La Muerte, ajena a mi temor, seguía parloteando:
-¿Te has parado a pensar en la de siglos que tu especie lleva
considerándome un ente femenino?-giró la guadaña y una blanca puerta apareció
en mitad de la crepitante oscuridad en la que se había convertido el baño-. ¡¿Nadie
se ha parado a pensar en que puedo ser un tío o qué?!
Llamó a la puerta con su esquelética mano. Con un quejido, ésta se
abrió, dejando ver un pasillo con una luz al fondo.
Quise preguntarle que si ése era el famoso túnel, pero seguía sin
poder articular palabra.
-¿A qué esperas? ¡Pasa! ¡Como si estuvieras en casa!-me empujó
hacia dentro, pasando detrás de mí.
Al cerrarse la puerta no había más luz en aquel pasillo que la que
se vislumbraba allá al fondo. No sentía la presencia de mi compañera (o
compañero) la Muerte por ningún lado. Me sentía solo.
Una sensación de absoluta tristeza me atacó. ¿Qué era todo esto?
Sin saber muy bien el porqué, caminé hacia aquella luz. Cada paso
que daba me costaba más, sentía como si a cada zancada me pusieran plomo en los
pies.
Miré al frente. La luz parecía menos lejana, pero lejos aún.
Tropecé.
El sentimiento de tristeza crecía en desmedida. Me acurruqué, sin
poder articular sonido, abrazándome las rodillas en el suelo.
Sonidos secos de pasos en el suelo llegaron a mis oídos; se
pararon. A continuación, una mano me asió del hombro y me arrastró por el
suelo.
Había pasado una eternidad cuando noté algodón bajo mi cuerpo.
La sensación de tristeza había desaparecido igual que llegó, de
golpe. Me incorporé.
A mi alrededor la oscuridad se había convertido en el cielo más
azul que jamás había visto y el suelo era suave al tacto… Suave y blanco como
el algodón.
-¡Ya era hora!-la voz de la muerte sonó a mi espalda-. ¿Qué, de
turismo por el Túnel o qué? Ten cuidado, no es una zona agradable para pasar
mucho rato. Puedes convertirte en un alma en pena. O peor, un zombi. Es broma,
las almas en pena no existen. Pero sí los fantasmas. Son cosas distintas. ¡Vaya
que si lo son! No puede existir un alma en pena si, cuando mueres, te quedas
sin alma, ¿no?
12 de abril de 2015
Caminante (PdA, parte X)
La
muchacha no tenía ningún tipo de contención contra el polvo, lo cual le
resultaba muy extraño. La pobre chica comió y bebió rápidamente, como si fueran
a arrebatarle la comida en cualquier momento.
-Despacio-le
dijo. Era la primera vez que hablaba con alguien en mucho tiempo. Sintió la
arena colarse por su boca y el sabor de la tierra al abrirla-, despacio, o te
sentará mal.
-¿Quién
eres?-su voz sonaba como una lija, producto de respirar polvo. No pudo evitar
toser al hablar.
-Déjalo
en un simple caminante.
De
repente, el semblante de la joven cambió, como si de repente hubiera recordado
algo.
-¡Oh!
Yo… ¡Por favor, tiene que ayudarme!-se levantó, dejando la botella de agua y la
lata de comida en el suelo-. Por favor… ¡Debo volver! ¡Ellos me obligaron a
huir! ¡No queda lejos, puede venir conmigo!
El
hombre frunció el ceño. Comprobó apartando un poco la cortina de la ventana de
la estancia en la que se encontraban que no hubiera ningún movimiento en el
exterior y le preguntó:
-¿Volver
a qué sitio? Todo está muerto en nuevo mundo.
Ella
le miró, como a punto de contarle el mayor secreto del mundo. Y vaya si lo era.
La
chica le habló de una extraña historia acerca de un búnker donde se realizaban
extraños experimentos de los que, por mucho que la joven muchacha lo intentara,
el hombre no entendía ni la cuarta parte de lo que le contaba acerca de ellos.
-¡Fuimos
nosotros!-bramó, de repente, como si necesitara confesar su enorme crimen-.
Nosotros hicimos… Esto. Todo esto es culpa nuestra. No sabíamos que jugábamos
con fuego…
-¿Qué?-el
hombre se disponía a seguir preguntándole acerca de aquello a lo que se
refería, cuando oyeron que la puerta en el piso de abajo se abría a la fuerza.
Se llevó un dedo a los labios, pidiéndole una vez más silencio, y le indicó que
se escondiera tras la puerta.
8 de abril de 2015
La visita de la Dama (La vida de la Muerte, parte I)
"Cuántas cosas por hacer...", fue lo primero que pensé cuando abrí, extrañado, los ojos. Estaba sentado en un taburete de madera, con una camisa de manga larga remangada hasta el brazo y las manos metidas en el lavamanos lleno de agua... Teñida de rojo, el rojo de mi sangre, que manaba de dos profundas heridas abiertas mis muñecas. ¿Qué demonios había pasado?
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un repentino apagón.
Al volver la luz, ya no estaba solo en el baño.
Una figura alta, tanto que casi rozaba el techo, se hallaba detrás de mí; una capucha oscurecía su rostro, de tal manera que imposibilitaba la visión de su faz. Una mano esquelética y blanca como el hueso empuñaba una guadaña casi tan alta como la criatura... Como en tantas películas de terror que había visto. Aquello era la Muerte. Sabía los motivos por los que había venido en mi busca, mas no recordaba nada de lo que me había pasado. ¿Suicidarme, yo?
-¿Qué? ¿Ya no te gustaba la vida?-la inmensa criatura se sentó sobre el váter, clavó su enorme guadaña en el suelo, sacó de entre sus desvencijados y negros ropajes una amarillenta libreta y miró hacia mí o, al menos, levantó la capucha de manera que veía el negro abismo bajo su capuchón como si me estuviera mirando-. ¿Cómo te llamas?
Caí del taburete de la impresión y me di contra el lavamanos.
-Tranquilo, les pasa a todos. ¿Serías tan amable de decirme tu nombre?
Su voz tenía la misma textura que la lija al raspar la madera.
Intenté articular mi nombre, pero las palabras no llegaban a mi boca. Tampoco cómo me llamaba.
-Madre mía, cada vez los hacen más tontos-se incorporó, tomó mis brazos y miró las heridas-. Vale, miraré en la categoría de suicidas...-las soltó con desdén y volvió a sentarse, desplazando su dedo sobre las amarillentas páginas-. ¡Lo tengo!
Al llegar a la "categoría", comenzó a mirar los nombres, raspando el papel con el hueso de su falange, proyectándose en mitad del aire imágenes de personas que, supuse, se suicidarían o se habían suicidado ya. En ninguna de las que proyectó vi mi rostro.
-Qué raro... No sales en lista-volvió a mirarme-. Tendré que llevarte con el Superior, a ver qué nos dice. ¡Te va a encantar! ¡Es de lo más majo que te puedas encontrar en esta vida! Bueno... ¡Más bien, muerte!-soltó una carcajada y, con la velocidad del rayo, guardó el extraño listado, agarró su famoso dalle, apresó mi brazo y golpeó dos veces el suelo con la parte de madera de su arma.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un repentino apagón.
Al volver la luz, ya no estaba solo en el baño.
Una figura alta, tanto que casi rozaba el techo, se hallaba detrás de mí; una capucha oscurecía su rostro, de tal manera que imposibilitaba la visión de su faz. Una mano esquelética y blanca como el hueso empuñaba una guadaña casi tan alta como la criatura... Como en tantas películas de terror que había visto. Aquello era la Muerte. Sabía los motivos por los que había venido en mi busca, mas no recordaba nada de lo que me había pasado. ¿Suicidarme, yo?
-¿Qué? ¿Ya no te gustaba la vida?-la inmensa criatura se sentó sobre el váter, clavó su enorme guadaña en el suelo, sacó de entre sus desvencijados y negros ropajes una amarillenta libreta y miró hacia mí o, al menos, levantó la capucha de manera que veía el negro abismo bajo su capuchón como si me estuviera mirando-. ¿Cómo te llamas?
Caí del taburete de la impresión y me di contra el lavamanos.
-Tranquilo, les pasa a todos. ¿Serías tan amable de decirme tu nombre?
Su voz tenía la misma textura que la lija al raspar la madera.
Intenté articular mi nombre, pero las palabras no llegaban a mi boca. Tampoco cómo me llamaba.
-Madre mía, cada vez los hacen más tontos-se incorporó, tomó mis brazos y miró las heridas-. Vale, miraré en la categoría de suicidas...-las soltó con desdén y volvió a sentarse, desplazando su dedo sobre las amarillentas páginas-. ¡Lo tengo!
Al llegar a la "categoría", comenzó a mirar los nombres, raspando el papel con el hueso de su falange, proyectándose en mitad del aire imágenes de personas que, supuse, se suicidarían o se habían suicidado ya. En ninguna de las que proyectó vi mi rostro.
-Qué raro... No sales en lista-volvió a mirarme-. Tendré que llevarte con el Superior, a ver qué nos dice. ¡Te va a encantar! ¡Es de lo más majo que te puedas encontrar en esta vida! Bueno... ¡Más bien, muerte!-soltó una carcajada y, con la velocidad del rayo, guardó el extraño listado, agarró su famoso dalle, apresó mi brazo y golpeó dos veces el suelo con la parte de madera de su arma.
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